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Feudalismo financiero, burbuja económica e inversión en factor humano

Las sociedades que más avanzan son las invierten en capital humano y tecnología

Jueves, 3 de Agosto, 2017

Por Gaietà García, profesor del Master en Dirección Comercial y Gestión de Ventas de EAE Business School

Del artículo publicado en Funds&Markets[1] el pasado 4 de julio, requiere un comentario particular la afirmación «Recomendamos invertir en activos reales y menos en financieros – activos reales como el inmobiliario, agrícola, oro, cuando por el contrario la gente tiene cada vez más dinero invertido en bonos mucho más peligrosos porque financieramente hay mucho apalancamiento».

Dentro de tres o cuatro siglos, es posible que la época actual que estamos viviendo sea denominada el feudalismo financiero.

Feudalismo, porque las estructuras sociales de poder, en la práctica, se asemejan bastante a las establecidas en la Edad Media, al menos, por cuanto a las relaciones de vasallaje o dependencia, la concepción del pago de un excedente o tributo a cambio de protección y la división social entre los privilegiados y los no privilegiados. En nuestro tiempo, se supone que las instituciones políticas deberían proteger los derechos inalienables de los individuos, entre ellos, el de la libertad en su concepción amplia: de movimiento, de asociación, de opinión, de expresión; en definitiva, la libertad de elección.

De hecho, es la capacidad de elección la que determina el nivel de libertad del individuo; incluso, la libertad para soñar e imaginar derivada de la posibilidad de elegir cambiar el rumbo de los acontecimientos presentes para edificar un futuro distinto. Esto no sucede en nuestros días.

Financiero, porque en la cúspide del poder ya no se sitúan reyes o emperadores, sino un concepto etéreo, indeterminado y anónimo que se denomina los mercados (así, tal cual, en plural). No se sabe a ciencia cierta quienes componen estos mercados, pero sí que se conoce perfectamente quienes no forman parte de ellos. Este término designa a ciertos poderes fácticos, de origen capitalista o de posesión de riqueza que son los que dirigen el destino de todos los individuos.

Para ello, usan los mecanismos de control clásicos que definen el poder: el miedo que tienen las personas a perder su identidad y libertad, la fuerza de la amenaza si el sujeto no cumple con sus obligaciones para con la sociedad y el Estado, y la existencia de un enemigo que muta en función del momento determinado. El poder reside en el capital.

En este entorno, se nos aconsejan ejecutar inversiones que lo que van a producir es otra burbuja financiera, en la que no se origina generación real de riqueza, sino una ilusión de valor de determinados bienes reales. La historia se va a volver a repetir. Y no aprendemos. La economía, en general, es cíclica; es un edificio por el que se sube a la azotea por las escaleras, despacio, para luego caer al vacío a gran velocidad. Golpetazo contra el suelo, recuperación del aliento y otra vez a subir.

Las sociedades que más avanzan son aquellas que invierten en capital humano y tecnología que, en mutua colaboración y evolución, generan innovación. Se trata de dirigir la riqueza hacia los factores económicos de retorno positivo a medio y largo plazo, en lugar del cortoplacismo. Por tanto, se ha de formar a los alumnos del presente para que sean los profesionales del mañana en la dimensión de la calidad, en lugar de la cantidad. Nuestro mundo no precisa más, sino mejor.

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