Actualidad

Martes, 5 de Junio, 2018

Por Cristina Noguera

Hace apenas un año el Presidente de Gobierno de la primera potencia mundial anunciaba la salida de manera unilateral del mayor acuerdo alcanzado entre las grandes potencias mundiales en la lucha contra el cambio climático.

Con ello, se rompía el compromiso de reducción de emisiones de uno de los principales países contaminantes en el mundo, EE.UU.

Aunque lo cierto es que un año después, ningún otro país suscriptor del acuerdo se ha sumado a dicha salida, más bien todo lo contrario, los principales países que gobiernan el mundo se hacen cada vez más conscientes de la nueva lacra de este siglo, y las iniciativas para ponerle coto sin que esto suponga una deceleración en sus respectivos crecimientos económicos no dejan de sucederse.

En las últimas reuniones de grandes empresarios y mandatarios tanto a niveles nacionales como internacionales, el cambio climático y cómo luchar de manera eficiente contra él se ha convertido en un punto indispensable y reiterado en las agendas. Los países “echan cuentas” y comienzan a percatarse del elevado coste que tiene para sus economías.

Lo que hace poco más de una década era una cuestión más bien ajena a las principales preocupaciones de los líderes del mundo, a día de hoy, salvo excepciones, se ha convertido en una prioridad mundial.

Se buscan infraestructuras y modelos económicos sostenibles. La industria se reconvierte y deja paso a opciones “limpias” que permitan un equilibrio entre el tan deseado crecimiento, ansiado por las grandes potencias, y el cuidado al medio ambiente.

Y todo ello no es en vano. De acuerdo con los más recientes estudios, la contaminación supone un coste próximo a los 4 billones de euros al año.

Altísimos niveles de polución que tiene un impacto directo en la calidad de vida de las ciudades más pobladas del mundo y que suponen una disminución en la esperanza de vida de sus habitantes o, en el mejor de los casos, una merma en la calidad de vida de los mismos.

Contaminación y cambio climático que cada vez se evidencia más en nuestros océanos y aire. Se calcula que uno de cada tres peces en el mundo se ve afectado por algún tipo de contaminación ya sea mediante la ingesta de plásticos, sustancias químicas o similares.

Algo muy similar a lo que sucede con los pastos que alimentan a los animales. Tierras contaminadas por vertidos, regadas con agua contaminada. Tierras de labranza de los alimentos destinados al consumo humano posteriormente.

Y es que la contaminación y su coste se han convertido en una espiral aparentemente sin fin.

Y pese a todo ello, hay un factor fundamental, y es que a pesar de lo escandaloso de estas cifras, lo cierto es que la polución genera una serie de costes económicos indirectos que pasan inadvertidos por no asociarse directamente con ese problema.

Parece evidente que serán las grandes potencias mundiales las que tengan que seguir trabajando para establecer políticas efectivas y sanciones contundentes para reducir este impacto, aunque parece complicado poder imaginar cómo las naciones mundiales principales del planeta como EE.UU y China, que a su vez son las potencias más contaminantes, aceptarán políticas anti polución que tengan un impacto a corto plazo en su senda de crecimiento económico.