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Jueves, 22 de Febrero, 2018

Por José Ramón Sánchez Galán, profesor del Master en Dirección y Gestión Financiera de EAE Business School

El 5 de febrero los mercados estadounidenses cayeron estrepitosamente: el Dow Jones, un 4,60%, el S&P 500, un 4,09% y el Nasdaq 100, un 3,78 %. A ello se le unió el crudo (alrededor del 1%), el bitcoin (aproximadamente un 14%) y Europa (el  Eurostoxx 600 cedió casi el 2%).

Nerviosismo internacional: ¿crash?, ¿nueva recesión mundial?, ¿otra crisis…?

Efectivamente, se trata de una situación complicada, si los datos se observan a corto plazo, por tanto, con cierres diarios hasta los mensuales. Sin embargo, con datos a más plazo, por ejemplo, trimestrales e incluso anuales, el fondo alcista permanece intacto.

¿Qué ha sucedido, entonces?

En primer lugar, la Bolsa tiene memoria. Los inversores, no. Los hechos recientes pesan más que los pasados: endeudamiento mundial, inflación potencial, elementos políticos (la Administración Trump, incremento de tensiones en Corea del Norte, se agudiza el problema en Siria, Irak, Afganistán...), en definitiva, lo que más teme el mercado: la incertidumbre. Esto se traduce en volatilidad, movimientos elevados y rápidos al alza y a la baja, sin tendencia clara.

Por otro lado, algunos índices de relevancia ya se encontraban en una espiral de sucesivos máximos históricos, sin freno aparente, por encima de cualquier análisis; tanto el técnico, como el fundamental (los dos más conocidos y utilizados), estaban dando muestras de sobrecompras y sobrevaloraciones, respectivamente. El encarecimiento paulatino de las estimaciones conlleva necesariamente a una corrección más severa, por cuanto más alejada de la realidad. Caldo de cultivo para especuladores y optimistas rezagados.

En tercer término, ante tamaña corrección, el pesimismo cortoplacista se impone con términos del todo desacertados: crisis, burbuja, crash, que son necesarios comprender en toda su extensión.

Crash, es el término más en boga. Pero, ¿estamos ante un crash? Para que la Bolsa tenga un crash, tipo 1929, 1987 o 1994 (no durante la crisis de 2008, al contrario que muchos), se tienen que dar, por encima de todo, que previamente haya habido un periodo de especulación abrumadora en la cual el exceso de apalancamiento haya adoptado el papel principal, empujando a nuevos máximos los índices bursátiles y donde la psicología juega un papel básico. Este exceso de apalancamiento puede venir de varias formas, como permitir tomar posiciones con márgenes de garantías demasiado bajos, o bien que haya una política monetaria expansiva en la que la autoridad monetaria incentive los créditos fáciles, a través de bajos tipos de interés.

¿Y esto se ha dado en el entorno actual? No con la fuerza que se requiere. Quizás el inversor particular no lo advierte, de ahí que el pánico supera a la tranquilad. Pero la espera y la confianza terminan por aparecer en el mercado.

Y conocido es que, tras la tempestad, viene la calma. Asentar soportes, antes de iniciar nuevas alzas, que, según nuestras estimaciones, se llevará a cabo paulatinamente. Metafóricamente, con dos pasos hacia delante y uno hacia detrás. Pero, en neto, hacia delante. Por tanto, es hora de tomar más posiciones largoplacistas que cortoplacistas.

Especulación al margen, evidentemente…