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Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Jueves, 1 de Marzo, 2018

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

En el programa de radio sobre startups del que soy responsable nos gusta preguntar a los emprendedores por algún consejo, alguna recomendación para las personas que estén pensando en lanzar su propio proyecto. La idea es que encapsulen en un par de frases el núcleo de la “sabiduría emprendedora” que han adquirido de la única forma en la que es posible hacerlo: poniendo en marcha una iniciativa empresarial, cometiendo errores… aprendiendo con la práctica, en definitiva. Nada de abstracciones de gurús, vaya; experiencias reales.

Al final, tras más de 600 entrevistas a emprendedores, se oye de todo, pero hay algunos consejos que se repiten con más insistencia: por ejemplo, la importancia de contar con un buen equipo, o el estar preparado para renunciar a una idea que a uno le apasione y pivotar si el mercado no responde a nuestros planes. Pero si tuviese que destacar una recomendación por la frecuencia con la que aparece, es la de prepararse para trabajar mucho: incluso los directivos de las startups más asentadas, que ya han dejado atrás hace tiempo los primeros momentos en los que hay que hacer de todo a todas horas, coinciden en que las jornadas interminables son el factor que más deberían tener en cuenta los emprendedores en ciernes antes de dar el paso.

No habría ninguna razón para dudar de la palabra de tantos emprendedores, pero el caso es que los datos confirman sus impresiones individuales: las cifras de la Encuesta de Población Activa señalan que los trabajadores por cuenta propia trabajan de media 7 horas más a la semana que los asalariados; en el caso de los empresarios con trabajadores a su cargo, la diferencia es incluso mayor: trabajan de media 10 horas más a la semana que los trabajadores por cuenta ajena. Los últimos datos de la OCDE confirman que esto es así también en la inmensa mayoría de los países de la organización.

La pregunta es ¿sirve todo este trabajo para mucho? Esos mismos datos de la OCDE señalan que la productividad de las pequeñas empresas españolas está por debajo de la mitad de la de las grandes firmas: es decir, que los proyectos más modestos no son tan eficientes. Algo que debe preocupar en el ecosistema emprendedor de un país que, según el último Global Entrepreneurship Monitor, está tendiendo cada vez más a los proyectos encabezados por una persona.

Es verdad que la estructura productiva de un país pesa en ese tipo de datos globales, y que es normal que un país como España, en el que son muy importantes las actividades ricas en mano de obra y con poca innovación (como la hostelería), los datos de productividad generales sean más bajos que los de otras economías. Pero precisamente por ello el cambio del modelo productivo ha de seguir siendo una aspiración importante, y algunos países muestran el camino: en economías como la estonia, la israelí, la danesa o la sueca la productividad de las pequeñas empresas del sector servicios es superior a la de las grandes firmas. Las recetas ya las conocemos: digitalización, innovación, mejoras organizativas y de procesos… Una forma de operar que no sólo es buena para la economía, también para los emprendedores: ya que uno va a trabajar tanto… por lo menos, que le cunda.