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Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Jueves, 21 de Diciembre, 2017

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

El universo del emprendimiento es tan variado como las sociedades en las que vivimos, pero tiene sus rasgos característicos; y en su aspecto político, dos son los polos más diferenciados y particulares de esta manera de entender la empresa. Por un lado, está el de las personas con proyectos pensados por y para la comunidad: es el fructífero mundo del emprendimiento social. Al otro extremo, está el sueño de algunos emprendedores de éxito de crear sociedades a su medida. Y en este ámbito, la iniciativa que más está dando que hablar es la de construir ciudades-estado autosostenibles en el mar.  Es el movimiento seasteading, y los primeros experimentos podrían empezar a estar listos en los próximos meses.

Es una extraña visión animada por el libertarianismo tecnoutópico: sociedades ecológicamente mantenibles, dicen sus promotores, financiadas gracias a las criptomonedas, y –muy importante para ellos- sin políticos y los problemas que supuestamente traen: conflictos… e impuestos. De hecho, el proyecto de seasteading con más recorrido ya ha firmado un acuerdo con el gobierno de la Polinesia Francesa para desarrollar sus prototipos en el que se incluye un tratamiento fiscal favorable para los inversores.

Como el emprendimiento tiene mucho de aventura personal, y a menudo los proyectos están ligados de forma indeleble a la personalidad de sus fundadores, en estas propuestas políticas destaca mucho más si cabe aquella observación clave que hiciera Platón hace más de 2.000 años: que la sociedad es el hombre escrito en grandes caracteres. Es un tipo humano muy concreto (individualista, voluntarista y que no cree en la redistribución) el que es partidario de poner en marcha una sociedad como la descrita: aislada, y en la que impuestos y políticas son molestias y no necesidades.

Frente a este tipo humano –que, aunque minoritario, es utilizado a menudo para caricaturizar a todo el cosmos del emprendimiento- hay otro que representa exactamente lo contrario: el de los que apuestan por cambiar a mejor las sociedades en las que viven, no inventarse unas nuevas a su propia imagen; los que trabajan con las comunidades locales, no a su espalda o a unos kilómetros mar adentro; los que tejen alianzas con instituciones, empresas y organizaciones para no dejar a nadie atrás, en vez de crearse su propio castillo al que sólo pueden acceder los más privilegiados. Por cierto, que se puede tener un impacto positivo sobre la sociedad y ser a la vez rentable para los inversores, una correlación que hace pocas semanas se puso de manifiesto en España con un ejemplo del sector equity crowdfunding. Hay quien dice que 2017 fue el año del emprendimiento social ¿por qué no también 2018?