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Juan Carlos Higueras

Martes, 5 de Marzo, 2019

Por Juan Carlos Higueras Redecillas, profesor del Máster en Dirección de Marketing y Gestión Comercial y Executive MBA de EAE Business SchoolEAE Business School.

España es una de las 12 economías más endeudadas del mundo y teniendo en cuenta que el tono expansivo de nuestra economía muestra signos de agotamiento, igual hemos perdido el tren de acometer profundas reformas estructurales y mentales entre nuestros políticos de modo que hubiésemos aprovechado la ocasión para reducir significativamente el stock de deuda.

Durante el año 2018 España ha aumentado su deuda pública en 42.000 millones de euros, lo que significa que cada minuto nos endeudamos en casi 80.000 euros lo que a su vez implica que cuando acabe de leer este artículo, deberemos 400.000 euros más y así un día tras otro.

Teniendo en cuenta que el pasado año el PIB perdió 0,5% respecto del anterior y que las previsiones más optimistas (las de los presupuestos generales del estado 2019) para el año 2019 lo sitúan en el 2,2% a las que ya Bruselas deja en 2,1% y 1,9% para 2020 algo que muy probablemente se traducirá en nuevos recortes a lo largo de los próximos meses. De igual forma, el déficit previsto para este año en los PGE se sitúa en el 1,8% del PIB mientras que la deuda pública será del 95,4%. Teniendo en cuenta la falta de credibilidad de los PGE, algo que ya ha manifestado tanto la Comisión Europea como otros organismos como Airef, que sugiere un desvío de 3.000 millones adicionales en el déficit, así como la incertidumbre sobre el crecimiento económico y su impacto sobre los ingresos del Estado, es evidente que dichos excesos deberán ser financiados mediante la emisión de más deuda.

Si bien es cierto que medir el % de deuda sobre el PIB permite comparar la situación de un país frente a otros normalizado por su capacidad económica, no es menos cierto que es un arma de doble filo ya que se usa para justificar menores tasas de endeudamiento relativo cuando en realidad lo que se está haciendo es aumentar de forma sibilina el stock de deuda, ocultando la realidad, no tanto a los mercados, que entienden los números que hay entre bambalinas, como a los ciudadanos que no somos conscientes de dichos incrementos.

Otro mecanismo para trasladar el problema hacia el futuro es el aumento en la vida media de las emisiones de deuda, que permiten aligerar a corto plazo la carga financiera del Estado pero a cambio, ante un horizonte de tipos de interés al alza, la mayor longevidad de las emisiones conlleva mayores tipos de interés y, por tanto, mayor montante de intereses pagados al final de la vida de dicha deuda. Es decir, como en otras ocasiones, echamos los problemas debajo de la alfombra que ya vendrá alguien a limpiar algún día, total, el Estado siempre puede refinanciar su deuda y nunca debe devolverla como dicen algunos.

El problema está en que al contrario que ocurre en una familia, los Estados tienen una capacidad inagotable de refinanciar sus deudas, sobre todo dentro del contexto de una moneda fuerte y la UE, donde los ciudadanos no somos conscientes de la deuda que vamos adquiriendo porque no percibimos notificaciones de impago o vencimientos en nuestras casas. Tampoco vemos que tengamos que pagar intereses algunos y por ello permanecemos impávidos cuando en las noticias se habla de la deuda pública, es como si no fuese con nosotros, pero si no va con nosotros irá con nuestras futuras generaciones a las que estamos dejando en herencia una píldora envenenada que alguien tendrá que tomar.

También es cierto que, quitando el exceso de gasto de nuestros políticos, el principal responsable del aumento en la deuda es el déficit de la Seguridad Social que podría alcanzar los 20.000 millones en 2019. El Gobierno, no solo tiene previsto agotar la hucha de las pensiones sino que necesitará financiar dicho déficit con nuevas emisiones de deuda

Teniendo en cuenta que la reducción del déficit de la SS viene de la mano de un mayor incremento en las cotizaciones sociales, el panorama de desaceleración económica junto con la subida artificial del SMI y su efecto amortiguador que muy probablemente van a contribuir a una desaceleración en la creación de empleo y, por tanto, en menores recaudaciones de SS como lo demuestran ya los datos de empleo del mes de enero, donde el paro ha aumentado en 83.464 personas y la afiliación a la SS ha disminuido en 204.865 (sobre todo en comercio y hostelería que es donde mayor precariedad laboral hay). Se trata del peor dato de los últimos 5 años y esto no acaba más que empezar pues se agota el tono expansivo de las economías europeas. Estos datos podrían haber sido peores si no fuese por el fuerte incremento en las contrataciones de las AAPP que fueron de casi 85.000 afiliados en el mes de diciembre de 2018, es decir, mas gasto público, más déficit para maquillar datos de empleo.

Para algunos, la reducción de la deuda pública se puede acometer mediante la solución de la economía sumergida, una mayor eficacia recaudatoria, sin embargo, si hablamos de un 25% de economía sumergida, la recaudación potencial no alcanzaría ni el 15% del PIB por lo que aun nos queda un 85% que cubrir. Además, en mi opinión, cualquier mejora en la recaudación, lejos de utilizarse para reducir deuda, se utilizará para aumentar el gasto público no productivo, que da votos y permite generar las redes clientelares de las que se nutren muchos políticos. Basta con ver los PGE en los que se aumenta la recaudación en 19.000 millones y sin embargo aumenta la deuda pública en 35.000 millones.

Ahora bien, alcanzar el superávit es una espada de doble filo pues puede permitir reducir deuda como es el caso del Ayuntamiento de Madrid dice a bombo y platillo que han reducido la deuda municipal a la mitad de 5.936 a 2.703 millones en el periodo 2015-2018, gracias al superávit de sus cuentas que en 2018 ha sido de 700 millones. Esta buena noticia esconde un doble planteamiento y es que o bien no se están ejecutando proyectos necesarios o bien si se utiliza el exceso de ingresos para reducir deuda, los madrileños están pagando ya con sus impuestos los excesos del pasado, aunque no seamos conscientes de ello.