Actualidad

Agustí Sala, Redactor jefe de Economía de El Periódico de Catalunya

Martes, 22 de Enero, 2019

Si hay una palabra que pueda definir el año 2019 es la incertidumbre, con unas economías sometidas a muchos riesgos y en desaceleración. Incluso el Foro Económico Mundial, que congrega todos los meses de enero a las élites económicas y políticas mundiales en la ciudad suiza de Davos, lo ve así.

En el estudio previo que enmarca los encuentros, denominado ‘informe de riesgos 2019’, se destacan las cuestiones geopolíticas y geoeconómicas como el principal lastre para el crecimiento. Y, a la vez, señala al nacionalismo en la política como uno de los mayores impedimentos para afrontar los desafíos globales que incluyen cuestiones como el cambio climático o el terrorismo.

El proteccionismo de Donald Trump, con el lema ‘America First’ (‘América Primero’) sigue marcando la agenda, como lo hace desde que accedió al poder, y continúa amenazando al conjunto de la economía internacional. Es el máximo exponente de la tendencia de los electorados a escoger soluciones mágicas y poner barreras para solventar los problemas.

El siguiente episodio en este desbarajuste al que se enfrenta el mundo, en el que además se suma un Reino Unido sumido en el desconcierto por el ‘Brexit’, puede ser una guerra comercial entre EEUU y China que, de hecho, ya comenzó y que puede desatarse de forma virulenta, ya que el plazo que se han impuesto ambas partes para llegar a un acuerdo finaliza el próximo 31 de marzo.

Esta tregua entre los dos gigantes se produjo después de que Trump impusiera aranceles por valor de unos 50.000 millones de dólares, que después elevó en unos 200.000 millones más. Pekín respondió con sus propias barreras, en una dinámica perversa que, como se ha visto en otros momentos de la historia, se traduce en un menor crecimiento mundial cuando no en recesiones y crisis.

Esta no es la única de las amenazas para una economía que se ralentiza, tal como han certificado organizaciones como la OCDE, que agrupa los 34 países más industrializados del mundo, o el Fondo Monetario Internacional (FMI). De todas formas, nadie se atreve a asegurar todavía si se trata de un descanso en el camino para seguir luego la remontada con más energía o si, en cambio, estamos ante la antesala de una nueva crisis global.

A su vez el año en el que el euro cumple 20 años, la Unión Europea (UE), con varios gobiernos de tendencia nacionalista cuando no ultraconservadora, no logra avanzar hacia la unión económica y monetaria e impulsar instrumentos como un fondo de garantía de depósitos comunitario, aunque sí que ha dado pasos para un presupuesto compartido.

Factores que en el pasado reciente sirvieron para mantener un fuerte dinamismo económico dejan este ejercicio de favorecer el crecimiento. Un ejemplo es el petróleo, que puede dejar de contribuir positivamente después de que el cártel de países exportadores, la OPEP, y otros productores ajenos al cártel como Rusia acordaran retirar del mercado 1,2 millones de barriles diarios a partir del pasado 1 de enero para que suba el precio.

Además, El Banco Central Europeo (BCE) deja de aplicar su política de compra de deuda. Con esta estrategia inyectó unos 2,6 billones de euros durante los cuatro años de duración que proporcionaron oxígeno a las economías.

Y en España, donde el crecimiento pasará del 3% en 2017 y el 2,6% en 2018 al 2,2%, el ejercicio comienza con la incógnita de si habrá o no Presupuestos Generales del Estado para 2019. En todo caso, el Gobierno de Pedro Sánchez ya ha entregado el proyecto en el Congreso sin tener garantizada de entrada una mayoría para aprobarlos.

Por lo pronto, tras el veto del Senado, de mayoría del PP, al Ejecutivo socialista no le ha quedado más remedio que basar su proyecto inicial en un déficit del 1,3% del producto interior bruto (PIB) en lugar del 1,8% que pretendía y para el que recibió el plácet de la Comisión Europea. Son más de 6.000 millones de euros de diferencia que hacen que se haya optado por sacrificar esencialmente la inversión, que aumenta menos de la mitad, 2,3%, que el gasto total consolidado (5,3%).

Y para financiar un gasto social que supondrá 57 de cada 100 euros del presupuesto, se prevé una recaudación récord de 227.356 millones con un alza del 9,5% gracias especialmente a algunas subidas tributarias, nuevos gravámenes y el ciclo económico, cuando la tendencia es a crecer menos. Una incertidumbre más.