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Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Miércoles, 6 de Marzo, 2019

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Los últimos datos sobre el ecosistema emprendedor en España son claramente alentadores: dos hubs homologables a los europeos -Madrid y Barcelona- y otros más pequeños aumentando de tamaño, una capacidad de atracción de talento en profesionales de las nuevas tecnologías que va a más y un volumen creciente de inversión para las startups afincadas en el país son algunos de los hitos que saltan a la vista en análisis como el del Startup Ecosystem Overview 2019 de MWCapital. Pero ¿va este impulso ascendente asociado a un aumento paralelo de la presencia social y de la autoconfianza de los emprendedores españoles en sus posibilidades y en sus proyectos? En este terreno hay cifras e intuiciones que apuntan que hay todavía terreno en el que avanzar.

Diez años después del estallido de la crisis financiera que asentó el término emprendedor en el imaginario colectivo español, gracias a las medidas orientadas a promocionar el emprendimiento como alternativa a un mercado laboral en acelerada caída, no acaba de consolidarse esa figura como referente económico-social, al menos en comparación con los países de nuestro entorno. Según el último informe GEM mundial, España se sitúa por debajo de la media en casi todos los indicadores que miden el prestigio y el reconocimiento de la actividad emprendedora en la sociedad.

Especialmente llamativo es lo relativo a la percepción del estatus de los emprendedores exitosos: menos de la mitad de los consultados en España considera que hay aprecio y admiración social hacia estas figuras. De entre las 22 economías europeas y norteamericanas analizadas, sólo una presenta un porcentaje más bajo: Croacia. Al otro extremo de la tabla, en Irlanda y en Estados Unidos, en torno al 80% considera que los emprendedores que han triunfado gozan de una consideración elevada.

También alrededor del 50% de los españoles considera que el emprendimiento es una carrera profesional atractiva, de nuevo entre los porcentajes más bajos de la zona cultural analizada y lejos del 80% de polacos, holandeses y turcos. Un dato revelador: precisamente en Holanda y en Polonia la percepción de la facilidad para poner en marcha un negocio es de las más altas (en torno al 75%), mientras que en España se sitúa en el 30%, por debajo de la media. Que lanzar una empresa sea una tarea sencilla puede no ser condición suficiente, pero probablemente sea necesaria, para aumentar el atractivo del emprendimiento como opción laboral.

Más datos para la reflexión: de las cerca de 50 economías de todo el mundo analizadas, España vuelve a ocupar uno de los últimos lugares cuando hablamos de la percepción de oportunidades de emprendimiento (puesto 42) y de las intenciones de emprendimiento (puesto 44), aunque en otros indicadores de autopercepción la situación no es tan negativa: en valoración de las propias capacidades a la hora de acometer un proyecto empresarial y en miedo al fracaso, los españoles se sitúan en el medio de la tabla (puestos 26 y 22, respectivamente).

La situación no parece particularmente crítica, puesto que el ecosistema crece y se desarrolla a la par que el de los países del entorno, pero si uno no se lo acaba de creer -como apuntan estos datos- los límites no tardarán en aparecer.