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Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Miércoles, 10 de Abril, 2019

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Hace no mucho hablábamos de la pujanza de la Economía Creativa, un sector de máximo interés para el pequeño emprendedor (puesto que incluye productos como artesanía, bienes de diseño, libros y videojuegos) y que genera un comercio internacional de 500.000 millones de dólares (¡y al alza!); también se ha destacado cómo la combinación de nuevas tecnologías, talento artístico e iniciativa empresarial está llevando a un florecimiento en la expresión de todo tipo de creadores independientes en una pluralidad de plataformas que nos atrevíamos a calificar de Edad de Oro del emprendimiento cultural. En este panorama alentador, se proyecta una sombra de magnitud descomunal y de máxima actualidad: la de la protección de esa producción creativa e intelectual de la copia y la piratería.

Y es que estas prácticas ilegales crecen a un ritmo también muy intenso, paralelo al de las industrias a las que parasita: según un informe de la OCDE y la Oficina Europea de Propiedad Intelectual, los bienes falsificados y pirateados ya suponen un 3,3% del comercio mundial, lo que supone un aumento notable desde el 2,5% que suponía tres años antes; y eso que los datos utilizados en el análisis no incluyen los productos que se piratean vía internet. Zapatos, prendas de vestir, artículos de cuero, equipamiento electrónico y relojes se encuentran entre los bienes más copiados; una práctica que afecta especialmente a firmas radicadas en Estados Unidos, Francia, Italia y Suiza (España ocupa el puesto 9 entre los países más perjudicados).

Se puede argumentar que estas prácticas afectan sobre todo a los productos célebres de marcas famosas mundialmente, pero -como están descubriendo por las malas los pequeños creadores- la protección anticopia y antipiratería es algo clave también para los creadores independientes, como los pequeños diseñadores o los estudios de videojuegos de menor tamaño (que son a veces víctimas de las malas prácticas de las grandes empresas). Como en tantas otras controversias, las cuatro esquinas del cuadrilátero formado por multinacionales, pequeños proyectos, críticos y consumidores se miran de reojo entre sí, con desconfianza.

Precisamente, vamos a vivir ante nuestros propios ojos el desarrollo de un hito en materia de protección de la propiedad intelectual: veremos si el despliegue de las recientísimas regulaciones europeas sobre el copyright protegerán a los creadores, como dicen sus partidarios, o recortarán las posibilidades de expresarse libremente, como aseguran los que se oponen a la normativa. Lo que está claro a día de hoy, en 2019, cuando se alcanza el 20 aniversario de Napster, el software que hizo tambalearse a la industria de la música, es que la copia y la piratería han resistido hasta ahora tanto los esfuerzos por prohibirlas como por cooptar a sus usuarios facilitándoles el acceso legal a los contenidos (con el auge de plataformas tipo Netflix, que no terminan con el fenómeno del pirateo y que además se encaminan hacia un escenario de atomización). Hay que seguir pensando.