Actualidad

Agustí Sala, Redactor jefe de Economía de El Periódico de Catalunya

Martes, 12 de Febrero, 2019

Por: Agustí Sala, Redactor jefe de Economía de El Periódico de Catalunya

Nada indica que la economía esté a punto de entrar en recesión. Ni en España, que crece por encima del 2%, ni en el conjunto de la zona del euro o de la Unión Europea (UE). El comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Pierre Moscovici, fue contundente en la última reunión del Eurogrupo. “No hay ningún economista que esté proyectando ningún tipo de recesión. Hay consenso de que estamos en una ralentización pero eso no significa que haya ninguna amenaza de recesión”, sentenció.

Lo cierto es que la evolución económica no es nada sombría por ahora, especialmente en España. El producto interior bruto (PIB), el valor de toda la riqueza que se genera en el país, cerró 2018 con un crecimiento del 2,5%. Está sin duda lejos de los niveles anteriores del 3%, pero duplica la tasa de crecimiento que se registra en la zona euro.

De todas formas nadie puede negar que la economía se desacelera. Y eso sucede a escala global. En Italia incluso retrocedieron en los últimos dos trimestres del año pasado. De hecho, Bruselas se ha visto obligada a revisar a la baja sus previsiones hasta seis décimas hasta el 1,3% para este año por el frenazo económico en Italia, que crecerá el 0,2% en vez del 1,2% previsto con anterioridad.

Una buena forma de intentar prever lo que puede suceder consiste en recurrir a la historia. Lo cierto es que, antes de descender, el PIB suele dar señales. En la crisis olímpica con un descenso económico del 1% en 1993, el crecimiento se fue reduciendo desde el 5,5% en 1987 hasta el 0,9% en 1992. Pero el rebote tras la caída fue rápido y dos años después de esta, el ritmo de crecimiento ya era otra vez del 5%.

Después de alcanzar un máximo del 4,2% en 2006, el PIB creció el 3,8% en 2007 y un año después lo hizo apenas el 1,1% para desplomarse finalmente el 3,6% en el 2009. La recuperación ha sido mucho más lenta esta vez. Se entró en una crisis de la que no se salió en términos macroeconómicos (otra cosa son sus secuelas, como la desigualdad o la precariedad laboral) hasta 2014. El techo se tocó en 2015 con el 3,6%.

Desde entonces se ha ido perdiendo fuelle, de forma más acelerada en 2018 y con perspectivas de que así siga en 2019. El Gobierno estima que este año el crecimiento será del 2,2%.

Procesos de desaceleración anteriores, en los que los gobiernos negaban una y otra vez la posibilidad de una crisis, generan temores. Al igual que los estudios, que revelan que en los ciclos económicos  las crisis regresan como máximo cada 10 años. Sin embargo entre 1995 y 2007 se vivieron años fluctuantes entre el 2,7% y el 5,3%, pero en ningún momento hubo un retroceso. 

Todo lo que pueda suceder a partir de mañana entra en el campo de las previsiones. Y como diría el físico Niels Bohr, al que se le atribuye la frase: “hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro”.

La tendencia bajista en cualquier caso es clara. La duda es si nos encontramos en la antesala de la caída por una pendiente o si, por el contrario, estamos en una especie de receso antes de retomar la escalada. Las variables externas, como el 'Brexit' o la posible guerra comercial entre EEUU y China, apuntan a una menor contribución del comercio mundial. Está por ver. 

La verdad es que las informaciones que se difunden acaban afectando al ánimo de los ciudadanos en positivo o en negativo y desatan la euforia o el temor, cuando no el pánico, empleando la terminología del historiador económico Charles Kindleberger. Y eso afecta a miles de pequeñas decisiones, de cambiar de coche a ir al cine. Y es ahí donde uno piensa que muchas veces las previsiones se convierten en profecías autocumplidas.