Actualidad

Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Lunes, 24 de Septiembre, 2018

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Es ya un tópico del emprendimiento que, para triunfar, hay que operar como rezaba el antiguo lema de Facebook: moverse rápido y romper cosas. Se trata de encontrar un mercado al que lanzar un producto o servicio fuertemente disruptivo, y aprovechar las ventajas que dan el llevar la iniciativa y la confusión generada para apuntalar la posición de dominio propia. Un modelo que ha llevado al éxito a los gigantes de la tecnología, de la distribución o de la llamada movilidad compartida. Pero ¿es éste un sistema sostenible, tanto para las empresas como para las sociedades a las que dicen servir?

Más de una década después del lanzamiento de esos proyectos emprendedores de rompe y rasga –ahora titánicas multinacionales- se puede apreciar claramente el impacto de esta filosofía del emprendimiento: los avances son de sobra conocidos, pero son los desperfectos que genera ese modelo de movimiento y ruptura los que están adquiriendo cada vez más relieve social: sobre todo, la arrogancia en el trato con las administraciones, la ingeniería legal para pagar menos impuestos y la multiplicación de triquiñuelas legales para sortear la normativa laboral.

La hora del cambio de modelo parece haber llegado: primero, porque las administraciones ya no se quedan de brazos cruzados mientras crece una nueva realidad a la que no saben dar respuesta. Puede que servicios como los de Uber o Airbnb dejasen descolocados a legisladores y ayuntamientos, que ahora tienen que hacer frente a las consecuencias de su inacción original en forma de conflictos con el taxi y la subida de precios del alquiler o la turismofobia; pero el reciente ejemplo de las compañías de patinetes muestra que algo ha cambiado: ante el desafío del lanzamiento de un servicio disruptivo, las autoridades han reaccionado con contundencia, con prohibiciones y retirada de vehículos. En cuanto a los tributos, parece que –sin prisa, pero sin pausa- la Unión Europea está cerrando las vías por las que las grandes empresas se ahorran el pago de millones en las jurisdicciones en las que operan.

Mientras, la creciente organización de los trabajadores de enormes multinacionales disruptivas está evidenciando, con sus protestas, las zonas de sombra que existen en sus fórmulas de contratación, la dureza de las condiciones de trabajo y lo exiguo de los salarios, sobre todo en comparación con sus cada vez más ricos jefes. En suma, los ejemplos más paradigmáticos de la audacia empresarial se encuentran cada vez más cerca de vivir una crisis reputacional equivalente a la que han vivido, en diferentes momentos de la historia reciente, las eléctricas, las petroleras o las farmacéuticas.

Se puede argumentar que esos problemas no han hundido el negocio de ninguna compañía, y que en los sectores que acabamos de citar siguen gozando de buena salud las grandes empresas de siempre, pese a sus baches reputacionales; pero si algo está cambiando en el nuevo mundo digital e interconectado, además del uso de la tecnología, es la importancia de lo que se ha dado en llamar el relato. La arrogancia y la displicencia no encajan bien con un mundo pendiente no sólo de lo que una empresa puede hacer por ti, sino de cómo lo hace. Y no es que el peligro sea que una empresa con “mala actitud” se vaya a desplomar de la noche a la mañana; es que abre la puerta a que competidores con más finura le pasen por delante…