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Lunes, 27 de Agosto, 2018

Por José Ramón Sánchez Galán, profesor del Master en Dirección y Gestión Financiera de EAE Business School

La inversión supone, en síntesis, obtener más de lo invertido con, al menos, conseguir una rentabilidad superior, al menos, a la inflación. Aunque no hay inversiones perfectas, sí hay posibilidades de ajustar la liquidez hacia productos para diferentes perfiles de inversores, con el conocido equilibrio del binomio rentabilidad / riesgo.

El problema estriba cuando una u otra variable pesa más que la otra, desequilibrando la estructura. En otros términos, cuando lo ahorrado no lleva hacia una inversión que permita lograr resultados.

Y eso está sucediendo en España. El pequeño ahorrador, siempre víctima de la situación (sea cual sea), sufre retornos inferiores a los previstos, provocando el deterioro monetario de su liquidez. El inversor español, pierde progresivamente poder adquisitivo, lo cual implica una distorsión del objetivo de cualquier inversión.

¿Cuáles son las razones? 1) Debilidad de la tasa de ahorro (cerca del 9% en 2017), muy por debajo de la media europea (en torno al 21%) y que merma las posibilidades de invertir en productos que precisan de un mínimo de cantidad inicial con los cuales obtener resultados eficientes. 2) Exceso de conservadurismo. Inversiones hacia productos considerados “seguros”, que, al final, ofrecen resultados inferiores a la inflación (depósitos, cuentas corrientes, fondos inmobiliarios…). 3) La crisis económica que dificulta la confianza hacia inversiones paralelas ya que el ahorro está destinado más a la previsión que a la rentabilidad a largo plazo 4) Falta de profesionalidad de las entidades, tanto en lo concerniente a la creación y gestión de productos más orientados hacia las grandes fortunas que al pequeño ahorrador, como a la información de alternativas para este segundo segmento que no sale de su conservadurismo, ya comentado en el punto dos.

En mayo se publicaron los resultados de una encuesta hecha por el Banco de España y la CNMV, sobre el conocimiento financiero de los españoles: el 58% apenas comprende el concepto de inflación, el 46% sabe qué es el interés compuesto y el 49% la diversificación del riesgo. La pobreza de resultados ayuda a comprender la situación inversora española.

En definitiva, se trata de un cúmulo de circunstancias externas (el entorno crítico actual), como internas (inquietud, incertidumbre, aversión al riesgo y desinformación o escasa cultura financiera).

¿Soluciones? Por el momento ofrecer nuevos canales de distribución de productos reduciendo la excesiva bancarización física del sistema (las Fintech o productos tecnológicos, son un buen ejemplo). O bien, plantear otras alternativas más realistas de productos estructurados sofisticando sus estructuras. La Ingeniería Financiera actual tiene mucho que decir al respecto. Pero, sobre todo, acercar al pequeño ahorrador con los productos financieros.

¿Objetivo? La información es poder, pero ante todo elimina incertidumbres. Por lo cual permite, por tanto, que las distancias se acorten y aumente la confianza. Creatividad e innovación en un entorno de tipos bajos. ¿Es posible? Ahí radica la capacidad de los gestores para ello…