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Javier L. Crespo

Lunes, 3 de Diciembre, 2018

Por Javier L. Crespo, director de programas de RRHH y Talento de EAE Business School

Seguro que muchos de los lectores conocen la historia de la ingeniera española en Alemania que se ganó una imagen poco productiva en su empresa porque prolongaba su jornada para demostrar su pasión y dedicación al trabajo. ¿No conocen esta historia? Pues, esta compatriota imaginó que alargar su horario laboral era lo mejor para demostrar a sus jefes un alto grado de compromiso.

Nada más lejos de la realidad. Pasado cierto tiempo, al fin de los primeros seis meses de trabajo, se encontró la decisión de “no renovación contractual “, porque su jefe según la explicó, “no era productiva porque necesitaba más tiempo para hacer el trabajo…”. Imagínense lo boquiabierta de nuestra ingeniera. Tomó conciencia de sopetón que la cultura de trabajo made in Spain no es universal ni, por supuesto, bien entendida fuera de nuestras fronteras.

Sí, nuestra cultura presencialista, del sudor de la frente y de echar horas sin cobrarlas, no es entendida en Europa. De hecho, es causa en alguna medida de esa lacra que nos persigue de que somos poco productivos…

Este fenómeno inherente a nuestra cultura de trabajo conlleva que ejerzamos sobre nosotros mismos la autoexigencia de hacer horas extras motu proprio. Muy foucaultiano. Y ¿qué pretende el gobierno con el decreto que está preparando para obligar al registro horario del tiempo de trabajo de todos los trabajadores por cuenta ajena? Pues que las empresas coticen esas horas extras como lo que son. Se habla de cerca de tres millones de horas extras que no pasan por caja y que se regalan en un contexto de altas tasas de desempleo. El gobierno piensa que tiene un buen caladero de ingresos en esta particularidad de nuestra cultura de trabajo, y también, -eso habrá que verlo-, que con ese control las empresas inexorablemente deberán contratar más personal.

Lo que parece claro es que abrir más vías de ingreso para la exigua caja de la seguridad social, tan exigida por el lado del coste, puede ser más que oportuno. También depende del punto de vista con que se mire. Seguro que nuestros empresarios no son proclives a ello.

Incidir también en esa cultura presencialista y “poco” productiva puede, en un segundo término, también ser una oportunidad para nuestra sociedad. Pasarnos la vida en el trabajo da lugar a que abandonemos, muchas veces, otras dimensiones de la vida. Empiezan a aparecer estudios que nos culpabilizan de cejar de nuestras responsabilidades en la educación de nuestros hijos. Estudios que evidencian insatisfacción con la vida y del poco compromiso en el trabajo, etc. Un mercado de trabajo donde unos no trabajan porque no pueden y aquellos que pueden se hartan de tanto trabajar no parece que sea rentable ni saludable para nadie.

El principal objetivo del gobierno es sin duda rentabilizar ese filón, pero seguro que también producirá cambios en nuestra cultura de trabajo. El tiempo lo dirá.