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Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

Jueves, 31 de Enero, 2019

Por: Rafa Bernardo, periodista de Cadena Ser

 

Ya teníamos todos la sensación de que la creatividad y la imaginación se estaban perfilando como elementos imprescindibles de la nueva economía digital y global, cuando nos ha llegado la constatación gracias al informe mundial de referencia: el Creative Economy Outlook de la organización de la ONU UNCTAD. Un texto que detalla que, a pesar de la crisis económica, este sector ha crecido en los últimos años a un ritmo del 7% anual de media, de forma que ha duplicado su tamaño en algo más de una década hasta alcanzar un volumen de 500 mil millones de dólares. Desde los bienes de diseño hasta los videojuegos, pasando por la artesanía tradicional, la prensa, el cine o los libros, la fuerza de este heterogéneo sector va cada vez a más.

El mercado lo demanda: son cada vez más los consumidores que no se conforman con un producto, sino que piden una experiencia (el 78% de los millennials, por ejemplo), y para ello es necesario involucrar talentos que van más allá de los perfiles tecnológicos y científicos que han protagonizado hasta ahora el despliegue de la economía digital. No en vano, las iniciativas y programas que fomentan la educación en las carreras y ámbitos STEM (science, technology, engineering, mathematics) están ampliando el foco cada vez más e incorporan ahora las artes (arts) para formar el acrónimo STEAM.

A pesar de la importancia de Estados Unidos y de la Unión Europea en la economía creativa, el protagonismo indiscutible lo está acaparando China con crecimientos del 14% anual (el doble de la media mundial), de forma que ya concentra un tercio del total de las exportaciones globales del sector. Prueba de la seriedad con la que Pekín se está tomando este reto son las reiteradas menciones a la economía y a las industrias creativas que figuran en sus tres últimos Planes Quinquenales, con mención expresa en el que está actualmente en vigor al objetivo de combinar las industrias creativas y culturales con el sector científico, tecnológico, mediático, turístico, deportivo y financiero (Capítulo 68, Sección 3).

El reto del fomento y la promoción de la economía creativa es formidable, porque se trata de un sector transversal en el que coexisten sectores productivos que hasta ahora poco han tenido que ver entre sí, desde el núcleo de las actividades tradicionalmente consideradas como “culturales” hasta los nuevos formatos de storytelling que requieren tecnologías como la Realidad Virtual o el marketing omnicanal; implica a todos los niveles de gobierno, desde el multilateral hasta el local; y se despliega por todas partes, desde las comunidades virtuales hasta los “barrios de las letras” de las ciudades (los de toda la vida y los que se están creando en los últimos años).

Pero un esfuerzo tan grande tiene asimismo ventajas enormes, no sólo en términos de ilustración de los ciudadanos y de prestigio para el país, sino de estabilidad laboral. Porque, aunque los expertos no coinciden en las cifras, la mayoría de los informes coinciden en que muchas actividades tradicionales van a perder empleo al calor de la robotización y de la digitalización (una buena recopilación está en la página 19 del informe sobre el futuro del trabajo de la OIT); pero los trabajos de la economía creativa, en los que la mente humana es el componente clave, están -de momento- bien protegidos: más del 80% de ellos no corre riesgo, o corre un riesgo bajo, de automatización.